reconocer aquello.
—¿Por qué, mamá? Yo te necesitaba.
Teresa comenzó a llorar.
—Pensé que si te buscaba tendría que reconocer lo que te había hecho. Fui orgullosa. Fui una cobarde.
Su voz se volvió apenas audible.
—Después ya no supe cómo regresar.
Mariana se sentó junto a la cama.
—Yo te esperé, mamá. Te esperé cuando nació mi niña. Te esperé cuando murió. Te esperé hasta que comprendí que nunca ibas a venir.
Teresa extendió una mano temblorosa.
—Perdóname, hija.
Mariana miró aquella mano durante mucho tiempo.
No sintió un