perdón inmediato.
Sintió tristeza, enojo y una ternura que le parecía injusta después de tantos años.
Finalmente tomó la mano de su madre.
—No sé si puedo perdonarte todavía. Pero estoy aquí.
Teresa asintió, llorando.
Poco después volvió a confundirse y preguntó por Gregorio, como si nada hubiera ocurrido.
La enfermedad no desapareció milagrosamente.
Tampoco desaparecieron las heridas de Mariana.
Pero aquella conversación le permitió escuchar unas palabras que había esperado durante veinte años.
En las semanas siguientes surgió otro problema. Un hermano de Teresa, que apenas la había visitado