a su hijo mirando su viejo diario secreto.
—¿Todavía escribes sobre la abuela? —preguntó.
Mateo asintió.
—Hoy escribí algo bonito.
Le enseñó la última página.
Antes mi mamá lloraba sola. Ahora mi papá la abraza, mi abuelo la ayuda y mi abuelita ya no está encerrada. Creo que cuando alguien está triste, lo peor es que nadie se dé cuenta.
Mariana abrazó a su hijo.
Comprendió entonces que su silencio, aunque intentaba proteger a todos, había terminado poniendo sobre los hombros de un niño una preocupación demasiado grande.
Le pidió