su nieto.
Aparecían Teresa en su cama, Mariana junto a ella, Daniel sirviendo café y los dos niños jugando.
Ernesto estaba dibujado junto a la escalera.
Abajo había una frase escrita con letras grandes:
Mi abuelo pensó que alguien hacía algo malo. Después leyó mi diario y nos ayudó a todos.
Pero hubo un detalle que hizo llorar al anciano.
En aquel dibujo, la puerta del segundo piso estaba completamente abierta.
Ernesto guardó la hoja junto a su corazón y miró por la ventana.
Había pasado treinta años descubriendo secretos