relacionados con casas, testamentos y dinero. Sin embargo, su mayor enseñanza había llegado de un niño de ocho años que solamente quería que su abuela no estuviera sola.
Comprendió que no todas las puertas cerradas esconden maldad. A veces esconden vergüenza, sufrimiento y personas que no saben cómo pedir ayuda.
También comprendió que cuidar a alguien no obliga a olvidar el daño que nos hizo, y que perdonar, cuando es posible, no significa justificar el pasado.
Mariana nunca recuperaría las catorce horas que compartió con Alma. Tampoco podría recuperar los