que pondría en peligro a todo nuestro pueblo.
Todo comenzó un sábado de septiembre.
Regresaba del tianguis empujando mi carrito lleno de plantas. Desde que enviudé, vendo macetas de hierbabuena, romero, rosales y pequeños árboles frutales para completar mi pensión.
Durante casi dos años tuve un cliente misterioso. Cada sábado, un muchacho llamado Nicolás compraba las plantas que me sobraban y me entregaba un papelito con el mismo mensaje:
«Para un jardín que todavía no existe».
Nunca supe quién pagaba aquellas plantas. Tres meses atrás, las compras habían terminado repentinamente.