de marcharme, me sujetó la mano.
—Beatriz, usted es mi última esperanza.
No pude preguntarle cómo sabía mi nombre.
Héctor apareció en la puerta y me expulsó entre amenazas.
En el pasillo, una mujer elegantemente vestida me alcanzó.
—Soy Lorena, la esposa de Héctor —susurró—. Tenga cuidado. No confíe en nadie, ni siquiera en las personas que más quiere.
Aquella advertencia me acompañó todo el camino a casa.
Cuando llegué, encontré un automóvil plateado frente a mi portón.
Mi hijo Daniel, de 42 años, había venido desde Puebla capital con