De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

de marcharme, me sujetó la mano.

—Beatriz, usted es mi última esperanza.

No pude preguntarle cómo sabía mi nombre.

Héctor apareció en la puerta y me expulsó entre amenazas.

En el pasillo, una mujer elegantemente vestida me alcanzó.

—Soy Lorena, la esposa de Héctor —susurró—. Tenga cuidado. No confíe en nadie, ni siquiera en las personas que más quiere.

Aquella advertencia me acompañó todo el camino a casa.

Cuando llegué, encontré un automóvil plateado frente a mi portón.

Mi hijo Daniel, de 42 años, había venido desde Puebla capital con