mi nieta Lucía, de 16.
—¡Sorpresa, mamá! Vamos a quedarnos unos días.
Me emocioné muchísimo. Hacía meses que no recibía su visita.
Esa noche preparé sus enchiladas favoritas, pero noté que Daniel revisaba constantemente el celular y salía al patio para contestar llamadas.
—¿Todo bien en el trabajo, hijo?
—Sí, mamá. Estoy haciendo unos levantamientos de terrenos por aquí.
Mi hijo era topógrafo.
Antes de acostarme escondí la escritura dentro de una bolsa impermeable, enterrada en una maceta grande de durazno. La llave quedó colgada junto a mi medallita de