que llevaba quince años comprándome rosales apartó la mirada. Otra mujer murmuró que las apariencias engañaban.
Regresé a casa llorando.
Frente a mi portón encontré una patrulla.
Una oficial me entregó un citatorio para presentarme a declarar.
Héctor me acusaba de robar un collar de perlas, un anillo y cuarenta mil pesos.
Sentí una vergüenza imposible de describir. Había pasado casi setenta años viviendo honradamente y, de pronto, todo el pueblo me trataba como una delincuente.
La comandante Silvia Mendoza escuchó mi declaración con atención.
Le conté cómo había encontrado