Aquella tarde comenzó una tormenta terrible. El camino se convirtió en un lodazal y apenas podía sostener mi carrito.
Vi una vieja casona detrás de unos árboles. Pertenecía a la familia Valdivia, una de las más ricas de la región. Llevaba meses cerrada.
Empujé el portón y me refugié bajo el techo. Entonces escuché un gemido.
La puerta principal estaba entreabierta.
—¿Hay alguien? —pregunté.
Nadie respondió.
Entré y descubrí a un hombre muy delgado, vestido con una pijama de hospital, tirado junto a una chimenea.
Tenía los labios morados y