De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

Aquella tarde comenzó una tormenta terrible. El camino se convirtió en un lodazal y apenas podía sostener mi carrito.

Vi una vieja casona detrás de unos árboles. Pertenecía a la familia Valdivia, una de las más ricas de la región. Llevaba meses cerrada.

Empujé el portón y me refugié bajo el techo. Entonces escuché un gemido.

La puerta principal estaba entreabierta.

—¿Hay alguien? —pregunté.

Nadie respondió.

Entré y descubrí a un hombre muy delgado, vestido con una pijama de hospital, tirado junto a una chimenea.

Tenía los labios morados y