De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

aplaudían.

Entonces pidieron intervenciones del público.

Levanté la mano.

Caminé hasta el micrófono sintiendo que las piernas me temblaban.

—Me llamo Beatriz Hernández. Tengo 69 años y vendo plantas en el tianguis. Muchos aquí me conocen desde hace décadas. Esta semana me llamaron ladrona.

El murmullo llenó el salón.

—No he venido a discutir lo que dijeron de mí. He venido porque nuestros abuelos cuidaron ese manantial y nuestros nietos merecen encontrarlo vivo.

Expliqué la donación, las perforaciones y las irregularidades que habíamos descubierto.

El abogado de Héctor se levantó