de la plaza.
La primera mañana que vi a los vecinos llenando nuevamente sus garrafones, entendí que aquella tormenta había cambiado nuestras vidas para siempre.
Hoy sigo cultivando plantas, pero ya no lo hago solamente para sobrevivir.
Cada árbol que sembramos junto al manantial me recuerda que las cosas más valiosas no siempre pueden comprarse.
Mi hijo aprendió que la necesidad jamás debe convertirse en excusa para traicionar nuestros principios.
Mi pueblo aprendió que acusar sin pruebas puede destruir a una persona inocente.
Y yo aprendí que incluso a los