De regreso a casa, una tormenta me hizo refugiarme en una casa abandonada, donde encontré a un anciano enfermo. «Si muero, no permita que mi sobrino encuentre esa escritura», me pidió. Guardé el documento y lo ayudé sin imaginar las consecuencias. Tres días después, mientras todos me llamaban ladrona, encontré el nombre de mi propio hijo en los planos de la empresa que quería quedarse con el agua del pueblo.

de la plaza.

La primera mañana que vi a los vecinos llenando nuevamente sus garrafones, entendí que aquella tormenta había cambiado nuestras vidas para siempre.

Hoy sigo cultivando plantas, pero ya no lo hago solamente para sobrevivir.

Cada árbol que sembramos junto al manantial me recuerda que las cosas más valiosas no siempre pueden comprarse.

Mi hijo aprendió que la necesidad jamás debe convertirse en excusa para traicionar nuestros principios.

Mi pueblo aprendió que acusar sin pruebas puede destruir a una persona inocente.

Y yo aprendí que incluso a los