mejores contadoras que he conocido.
Entonces me hizo una propuesta inesperada.
Su despacho necesitaba una consultora con experiencia para revisar expedientes financieros.
Podría trabajar desde casa, actualizarme con los sistemas nuevos y recuperar poco a poco mi actividad profesional.
—Tengo 67 años, Mercedes.
—Y cuarenta años de experiencia que nadie puede regalarte.
Acepté.
Comencé a trabajar discretamente por las noches. Al principio tuve dificultades, pero pronto recuperé la confianza.
El primer pago que recibí me hizo llorar.
No porque necesitara dinero, sino porque me recordó que seguía siendo capaz de