de su supuesta prosperidad.
A las ocho y media llegó Daniel.
Cinco minutos después apareció Adriana, acompañada de un expediente.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué hace un abogado aquí?
—Es mi abogada —contesté.
Vanessa dejó lentamente su copa.
—¿Para qué necesita una abogada, suegra?
Me senté en la cabecera de la mesa, el lugar que durante meses me habían hecho abandonar.
—Para hablar del futuro de esta casa.
Sebastián soltó una carcajada nerviosa.
—Mamá, no empieces con tus dramas. Tenemos invitados.
—Precisamente por eso preferí esperar a que todos estuvieran