costosos y cancelaron planes que antes presumían frente a sus amigos.
No quedaron en la calle.
Simplemente tuvieron que vivir de acuerdo con sus posibilidades.
Al día siguiente, Sebastián dejó las llaves sobre la mesa.
Estaba vestido con jeans y una camisa sencilla. Vanessa lo esperaba junto al elevador.
—Mamá, nunca imaginé que terminaríamos así.
—Yo tampoco, hijo.
Miró alrededor, como si descubriera por primera vez las fotografías guardadas en cajas, los muebles cambiados y los espacios que habían ocupado sin preguntarme.
—Lo siento —murmuró.
Quise creerle.
Pero había aprendido