que una disculpa es apenas el comienzo de un cambio, no la prueba de que ya ocurrió.
—Espero que algún día puedas decírmelo sin esperar nada a cambio —respondí.
Sebastián asintió.
Se marchó sin discutir.
Cuando cerré la puerta, apoyé la espalda contra ella y lloré.
No eran lágrimas de triunfo.
Estaba recuperando mi casa, pero también aceptando que la relación con mi hijo jamás volvería a ser exactamente igual.
Daniel llegó esa misma tarde.
Me ayudó a devolver los muebles a sus lugares. Sacamos las fotografías de las cajas