hice porque comprendí que mi dinero debía expresar mis propios valores, no convertirse en un premio para quien ejerciera más presión sobre mí.
Daniel fue el primero en enterarse.
—Mamá, no tienes que dejarnos nada. Lo único que quiero es que vivas tranquila.
Lo abracé con todas mis fuerzas.
Aquellas palabras valían más que cualquier herencia.
Seis meses después, Sebastián volvió a buscarme.
Llegó solo, sin traje caro, sin exigencias y sin documentos para que firmara.
Me pidió permiso para entrar.
Nos sentamos en la misma mesa donde alguna vez