me había humillado.
Me contó que estaba trabajando para pagar sus deudas, que había empezado terapia y que finalmente comprendía el daño que había causado.
No sabía si todos sus cambios durarían.
Pero por primera vez no me pidió dinero, ni alojamiento, ni que convenciera a alguien para ayudarlo.
Solamente me preguntó:
—Mamá, ¿algún día podremos volver a tomar café como antes?
Lo observé en silencio.
—Podemos empezar hoy, Sebastián. Pero tendrás que aprender a respetar a la mujer que está sentada frente a ti, no solamente a la madre