que siempre te perdonaba.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Preparé dos tazas de café.
No resolvimos todos nuestros problemas aquella tarde. Algunas heridas necesitan mucho más que una conversación para sanar.
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Pero entendí que podía abrir una puerta a la reconciliación sin volver a entregar las llaves de mi vida.
Hoy tengo 68 años.
Sigo viviendo en mi departamento de Puebla, trabajando, disfrutando de mis amistades y tomando mis propias decisiones.
Hay una frase que nunca olvidaré porque cambió mi manera de