de cuenta y respaldos contables.
También suspendía cualquier venta de activos durante la auditoría.
Rodrigo leyó la primera página y su rostro cambió.
—¿Qué demonios es esto?
—Control de daños.
—No puedes correrme de mi propia empresa.
—La empresa dejó de ser “tuya” cuando tu familia decidió ponerla a mi nombre para esconderla de los acreedores.
Carrillo empezó a sudar.
Rodrigo golpeó el escritorio.
—Esteban, llama al doctor. Ya empezó. Te dije que iba a tener una crisis.
La puerta se abrió.
No entró ningún psiquiatra.
Entraron mi abogada, dos