rosas.
Se arrodilló delante de mí.
—Perdóname. No quiero perderte.
Después sacó una carpeta.
—Mi abogado preparó un acuerdo para que podamos administrar nuestro patrimonio con más confianza. Solo necesito tu firma.
Abrí la carpeta.
Las primeras páginas hablaban de amor, cooperación y responsabilidades matrimoniales.
Pero entre las últimas cláusulas encontré algo que me dejó sin aliento.
El documento pretendía transferir mis bienes personales a un fideicomiso y otorgarle a Ricardo facultades amplísimas para administrarlos.
Levanté la mirada.
—¿Sabes exactamente qué me estás pidiendo firmar?
Ricardo sonrió.
—Por supuesto, amor.