mi inversión e intentó retirarla.
El sistema rechazó la operación porque requería autorización presencial de la titular.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Mañana vas a retirar ese dinero!
Me levanté lentamente.
—No voy a hacerlo. Y aunque fueras al banco, no podrías tocarlo. Ese dinero es exclusivamente mío.
Su expresión cambió.
—¿Qué estás diciendo?
—Que mi padre me aconsejó proteger mi patrimonio antes de casarme. Y tenía razón.
Ricardo permaneció inmóvil unos segundos.
Después soltó una carcajada amarga.
—Así que llevas dos años engañándome.
Y entonces pronunció unas palabras que jamás