Leí el mensaje varias veces.
No sentí satisfacción por sus dificultades.
Solamente pensé que quizá, por primera vez, Diego estaba aprendiendo a vivir dentro de sus posibilidades.
Le respondí:
«Espero que te vaya bien. Cuida lo que construyas con tu propio esfuerzo».
No volvimos a hablar.
De doña Teresa supe muy poco.
Ricardo tampoco volvió a buscarme.
Hasta una tarde de lluvia.
Salía de una cafetería cuando lo vi en la acera de enfrente.
Estaba esperando un taxi, vestido con ropa sencilla y sosteniendo una mochila.
Nuestras miradas se encontraron.