Antes de casarme, mi papá me pidió que protegiera mi dinero y mi departamento. Dos años después, mi esposo intentó transferir 10 millones de pesos a su hermano sin preguntarme. “¡Soy tu marido, tengo derecho!”, gritó al ver que el banco rechazaba la operación. Yo llamé tranquilamente a mi abogado. Esa misma noche descubrí que no solo querían quedarse con mis ahorros.

Leí el mensaje varias veces.

No sentí satisfacción por sus dificultades.

Solamente pensé que quizá, por primera vez, Diego estaba aprendiendo a vivir dentro de sus posibilidades.

Le respondí:

«Espero que te vaya bien. Cuida lo que construyas con tu propio esfuerzo».

No volvimos a hablar.

De doña Teresa supe muy poco.

Ricardo tampoco volvió a buscarme.

Hasta una tarde de lluvia.

Salía de una cafetería cuando lo vi en la acera de enfrente.

Estaba esperando un taxi, vestido con ropa sencilla y sosteniendo una mochila.

Nuestras miradas se encontraron.