Durante un instante pareció querer acercarse.
Yo permanecí inmóvil.
Ricardo levantó una mano tímidamente.
Le respondí con un pequeño movimiento de cabeza.
Nada más.
No hubo gritos, lágrimas ni discursos.
Cada uno continuó por su camino.
Mientras conducía de regreso a casa, recordé aquella tarde en el despacho de mi padre, cuando me había entregado la carpeta azul.
Advertisement
Durante años pensé que su consejo me había salvado diez millones de pesos y un departamento.
Pero ahora comprendía que me había protegido de algo mucho más doloroso: quedarme atrapada en