era que él había construido el suyo con millones.
Yo con turnos dobles.
Una noche me invitó a cenar y bailar en un restaurante con vista al Paseo de la Reforma.
Yo estuve a punto de rechazarlo porque solo tenía dos vestidos viejos.
Camila resolvió el problema.
Nuestra vecina, doña Dolores, una costurera jubilada de 72 años, guardaba un vestido verde esmeralda desde hacía décadas.
Entre las tres lo ajustamos.
Camila cosió un pequeño moño rojo en la cintura.
Cuando bajé las escaleras y vi a Alejandro esperando junto al