“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

auto, dejó de hablar.

—¿Qué? —pregunté, nerviosa.

—Nada.

Sonrió.

—Solo estoy tratando de recordar cómo respirar.

Aquella noche bailamos frente a las luces de la ciudad.

Le hablé del hombre que nos había abandonado.

Él me habló de la mujer que había perdido.

Por primera vez no intentamos fingir que nuestras heridas no existían.

Semanas después, Camila participó en un festival escolar.

Alejandro canceló una reunión para estar allí.

Se sentó en una diminuta silla de plástico en primera fila, con las rodillas casi pegadas al pecho.

Camila lo vio