—Cuando sea grande voy a diseñar vestidos —respondió ella—. Para las niñas que miran vitrinas y no pueden comprar lo que hay dentro.
Alejandro no se rio.
—Entonces empieza hoy.
Empezamos a vernos.
Primero los miércoles.
Luego los sábados.
Después cualquier tarde en que pudiéramos robarnos una hora.
Alejandro tenía 38 años. Dirigía una de las desarrolladoras inmobiliarias más importantes de Ciudad de México.
Su esposa había muerto 4 años antes.
Desde entonces había convertido el trabajo en una muralla.
Yo conocía demasiado bien esa clase de silencio.
La diferencia