“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

—Cuando sea grande voy a diseñar vestidos —respondió ella—. Para las niñas que miran vitrinas y no pueden comprar lo que hay dentro.

Alejandro no se rio.

—Entonces empieza hoy.

Empezamos a vernos.

Primero los miércoles.

Luego los sábados.

Después cualquier tarde en que pudiéramos robarnos una hora.

Alejandro tenía 38 años. Dirigía una de las desarrolladoras inmobiliarias más importantes de Ciudad de México.

Su esposa había muerto 4 años antes.

Desde entonces había convertido el trabajo en una muralla.

Yo conocía demasiado bien esa clase de silencio.

La diferencia