“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

—No quiero que un día estés rodeado de gente como ella y mires hacia mí preguntándote qué hiciste.

—Lucía…

—Vete, por favor.

Cerré la puerta.

A través del cristal lo vi permanecer inmóvil bajo las luces de la calle.

Yo apoyé ambas manos sobre mi rostro.

No sabía que Camila estaba detrás de la cortina que separaba el mostrador del almacén.

Ni que había escuchado todo.

Alejandro fue directamente a casa de su madre.

Más tarde me contó lo ocurrido.

Sobre la mesa encontró los cuatro pedazos del cheque.

—Lo