interior.
Apareció en el vestíbulo.
Durante unos segundos nadie habló.
Yo sentía que cada músculo de mi cuerpo me ordenaba salir de allí.
Camila no.
Caminó hacia ella.
—Señora Beatriz, esto es para usted.
Extendió el paquete.
Beatriz miró a mi hija.
Luego a mí.
—No era necesario.
—Sí era.
Camila prácticamente puso el regalo entre sus manos.
Beatriz retiró el papel.
Dentro había un pequeño moño de satén rojo, imperfecto, ligeramente torcido.
—Lo hice yo —explicó Camila—. Doña Dolores me ayudó con las partes difíciles.
Levantó un pie.
Los