La manija tenía pequeñas huellas, marcas bajas, repetidas, como si alguien la hubiera tocado muchas veces desde abajo.
“¿Dónde está mi hijo?”, preguntó.
Su esposo intentó levantarse, pero las piernas le fallaron al pisar el suelo. No fue dramatismo. Fue miedo. Miedo real. Miedo de alguien que sabe que una mentira ya no cabe dentro de una habitación.
Entonces, desde dentro del armario, cayó algo.
No fue grande. Solo una hoja doblada, arrugada en los bordes, con el sello genérico del centro escolar y una hora escrita arriba: 10:17.
Hoy, cerca de las 11 de la mañana, Clara regresó a casa después de un viaje de trabajo de 4 meses.