para no despertar sospechas.
Arturo estaba sentado frente a su computadora.
—¿Dónde andabas? —preguntó.
—Comprando cosas para la comida.
—Pensé que te habías arrepentido de lo de Veracruz.
Lo observé unos instantes.
Todavía llevaba el reloj que le regalé en nuestro quinto aniversario.
—He estado pensando —respondí—. Quizá tengas razón. Podríamos empezar de nuevo.
Su rostro se iluminó.
—Sabía que terminarías entendiendo.
Se levantó y me abrazó.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez comprendí que una persona puede conocer perfectamente la manera en que alguien respira, camina y sonríe sin