conocer absolutamente nada de sus verdaderas intenciones.
Aquella noche, Arturo preparó una cena especial.
Abrió una botella de vino y empezó a hablar de nuestra futura casa frente al mar.
—Imagínate despertarte escuchando las olas. Ya no tendrías que dar tantas clases.
—¿Y qué pasará con mis alumnos?
—Lucía, siempre estás pensando en los demás. También mereces disfrutar.
Sus palabras parecían cariñosas.
Pero yo recordaba el documento donde me describían como una viuda con una propiedad útil para esconderse.
Después de cenar, Arturo tomó nuestra fotografía de bodas, que seguía