recargada junto a la cómoda.
—Hay que guardar esto para la mudanza —dijo.
La miré.
En aquella imagen aparecía una mujer enamorada y un hombre que sonreía discretamente.
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos casamos? —pregunté.
—¿Qué cosa?
—Que nunca volveríamos a sentirnos solos.
Sonrió.
—Y cumplí mi promesa, ¿no?
No respondí.
Porque en ese instante comprendí algo doloroso: algunas promesas pueden pronunciarse con una sonrisa y seguir siendo mentiras.
A las tres de la madrugada desperté al escuchar un ruido.
Arturo estaba moviendo el cuadro.
Permanecí acostada, fingiendo