Mi esposo trajo un cuadro enorme justo antes de irse de viaje y me dijo: “Si me quieres, no lo toques”. Después de 11 años de matrimonio, aquella petición me pareció extraña. Mientras limpiaba, el marco se deslizó y descubrí un compartimento oculto con dinero y documentos falsos. Guardé fotografías de todo sin decir una palabra. Dos días después, mi esposo me pidió vender urgentemente nuestra casa, y entendí que estaba preparando algo terrible…

martes sería supervisada. La cita inmobiliaria serviría para observar sus movimientos y facilitar la intervención de las autoridades. No habría una venta definitiva de mi departamento.

Regresé a casa con una bolsa de verduras del mercado para no despertar sospechas.

Arturo estaba sentado frente a su computadora.

—¿Dónde andabas? —preguntó.

—Comprando cosas para la comida.

—Pensé que te habías arrepentido de lo de Veracruz.

Lo observé unos instantes.

Todavía llevaba el reloj que le regalé en nuestro quinto aniversario.

—He estado pensando —respondí—. Quizá tengas razón. Podríamos empezar de nuevo.