Su rostro se iluminó.
—Sabía que terminarías entendiendo.
Se levantó y me abrazó.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez comprendí que una persona puede conocer perfectamente la manera en que alguien respira, camina y sonríe sin conocer absolutamente nada de sus verdaderas intenciones.
Aquella noche, Arturo preparó una cena especial.
Abrió una botella de vino y empezó a hablar de nuestra futura casa frente al mar.
—Imagínate despertarte escuchando las olas. Ya no tendrías que dar tantas clases.
—¿Y qué pasará con mis alumnos?
—Lucía, siempre estás pensando en los