Mi esposo trajo un cuadro enorme justo antes de irse de viaje y me dijo: “Si me quieres, no lo toques”. Después de 11 años de matrimonio, aquella petición me pareció extraña. Mientras limpiaba, el marco se deslizó y descubrí un compartimento oculto con dinero y documentos falsos. Guardé fotografías de todo sin decir una palabra. Dos días después, mi esposo me pidió vender urgentemente nuestra casa, y entendí que estaba preparando algo terrible…

demás. También mereces disfrutar.

Sus palabras parecían cariñosas.

Pero yo recordaba el documento donde me describían como una viuda con una propiedad útil para esconderse.

Después de cenar, Arturo tomó nuestra fotografía de bodas, que seguía recargada junto a la cómoda.

—Hay que guardar esto para la mudanza —dijo.

La miré.

En aquella imagen aparecía una mujer enamorada y un hombre que sonreía discretamente.

—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos casamos? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—Que nunca volveríamos a sentirnos solos.

Sonrió.

—Y cumplí mi promesa, ¿no?

No respondí.

Porque