demás. También mereces disfrutar.
Sus palabras parecían cariñosas.
Pero yo recordaba el documento donde me describían como una viuda con una propiedad útil para esconderse.
Después de cenar, Arturo tomó nuestra fotografía de bodas, que seguía recargada junto a la cómoda.
—Hay que guardar esto para la mudanza —dijo.
La miré.
En aquella imagen aparecía una mujer enamorada y un hombre que sonreía discretamente.
—¿Recuerdas lo que me dijiste cuando nos casamos? —pregunté.
—¿Qué cosa?
—Que nunca volveríamos a sentirnos solos.
Sonrió.
—Y cumplí mi promesa, ¿no?
No respondí.
Porque