en ese instante comprendí algo doloroso: algunas promesas pueden pronunciarse con una sonrisa y seguir siendo mentiras.
A las tres de la madrugada desperté al escuchar un ruido.
Arturo estaba moviendo el cuadro.
Permanecí acostada, fingiendo dormir.
Oí el crujido de la cinta adhesiva, un cierre metálico y pasos que se alejaban hacia el vestidor.
Después regresó a la cama.
Cuando su respiración se volvió regular, abrí los ojos.
El paisaje del mar había quedado ligeramente inclinado.
Ya había recuperado el paquete.
La mañana del martes amaneció despejada.
Arturo se