Pero poco a poco fui recuperando mis costumbres.
Volví a dar clases de piano con tranquilidad.
Ahorré, acepté algunos alumnos particulares y alquilé un pequeño local dentro de una casa de cultura.
Lo pinté de blanco, coloqué cortinas claras y compré un piano usado.
En una de las paredes colgué una acuarela de flores que Natalia encontró en un mercado de artesanías.
—Mamá, este cuadro sí puedes tocarlo —bromeó.
Y ambas soltamos una carcajada.
Meses después organicé el primer recital de mis alumnos.
El salón era pequeño, apenas cabían treinta