Mi esposo trajo un cuadro enorme justo antes de irse de viaje y me dijo: “Si me quieres, no lo toques”. Después de 11 años de matrimonio, aquella petición me pareció extraña. Mientras limpiaba, el marco se deslizó y descubrí un compartimento oculto con dinero y documentos falsos. Guardé fotografías de todo sin decir una palabra. Dos días después, mi esposo me pidió vender urgentemente nuestra casa, y entendí que estaba preparando algo terrible…

Pero poco a poco fui recuperando mis costumbres.

Volví a dar clases de piano con tranquilidad.

Ahorré, acepté algunos alumnos particulares y alquilé un pequeño local dentro de una casa de cultura.

Lo pinté de blanco, coloqué cortinas claras y compré un piano usado.

En una de las paredes colgué una acuarela de flores que Natalia encontró en un mercado de artesanías.

—Mamá, este cuadro sí puedes tocarlo —bromeó.

Y ambas soltamos una carcajada.

Meses después organicé el primer recital de mis alumnos.

El salón era pequeño, apenas cabían treinta