personas, pero estaba lleno de padres, abuelos y hermanos esperando escuchar a los niños.
Natalia viajó desde la Ciudad de México para ayudarme.
Aquella tarde llevé el mismo vestido azul marino que había usado el día de la detención.
Al verlo, mi hija me preguntó:
—¿No te trae malos recuerdos?
Me observé en el espejo.
—Antes sí. Pero no pienso regalarle también mis vestidos al pasado.
El concierto comenzó a las cinco.
El primer alumno era un niño de seis años que apenas conseguía alcanzar los pedales. Tocó una melodía