sencilla, se equivocó dos veces y terminó sonriendo orgullosamente.
Todos aplaudieron.
Su madre lloraba en primera fila.
Mientras escuchaba aquella música, comprendí que durante once años había vivido esperando que un hombre regresara de sus viajes.
Ahora estaba construyendo algo que no dependía de sus decisiones.
Cuando terminó el recital, alguien se acercó con un ramo de crisantemos blancos.
Era Héctor Salinas.
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—Vine a felicitarla, Lucía. Me alegra verla tan bien.
Recibí las flores con una sonrisa.
—Gracias por venir. ¿Le gustaría