hacerlo por comida.
Nunca volvieron a ser los hermanos de una vieja fotografía.
Hay cosas que no se reparan.
Pero con los años pudieron sentarse en la misma mesa, tomar café y hablar sin gritar. Mi padre visitó la tumba de Samuel y dejó flores. Raquel se lo permitió. Nadie preguntó qué dijo frente a la lápida.
Miguel vivió varios años más.
La prisión había dejado daños en sus pulmones, espalda y corazón. Cuando enfermó de gravedad, llegué al hospital esperando encontrarlo solo.
Pero la habitación estaba llena.
Mi madre.