Mi tío cumplió veinte años por un asesinato y, al salir, su propia familia lo dejó durmiendo entre ruinas; cuando quise ayudarlo, mi padre me gritó: “Si te vas con él, no vuelvas”. No discutí. Tomé su caja de hierro y me fui. Dentro había una factura firmada, cartas nunca abiertas y una voz grabada que cambiaba quién era realmente el culpable.

Raquel.

Los hijos de don Ernesto.

Vecinos.

Clientes del taller.

Incluso mi padre.

Miguel miró alrededor y bromeó:

—¿Qué hacen todos aquí?

—Molestarte —le dije.

—Pues váyanse.

Nadie se fue.

Antes de morir me dejó la caja de hierro.

Dentro seguían algunas cartas, la fotografía donde yo aparecía sobre sus hombros, un dulce de tamarindo envuelto desde mi infancia, documentos del caso y un pequeño cuaderno que yo nunca había visto.

Había una línea por cada cumpleaños mío.

“Camila, 5. Tal vez ya lee sola.”

“Camila, 10. Ojalá no odie