Raquel.
Los hijos de don Ernesto.
Vecinos.
Clientes del taller.
Incluso mi padre.
Miguel miró alrededor y bromeó:
—¿Qué hacen todos aquí?
—Molestarte —le dije.
—Pues váyanse.
Nadie se fue.
Antes de morir me dejó la caja de hierro.
Dentro seguían algunas cartas, la fotografía donde yo aparecía sobre sus hombros, un dulce de tamarindo envuelto desde mi infancia, documentos del caso y un pequeño cuaderno que yo nunca había visto.
Había una línea por cada cumpleaños mío.
“Camila, 5. Tal vez ya lee sola.”
“Camila, 10. Ojalá no odie