las matemáticas.”
“Camila, 16. Ernesto dice que quiere estudiar periodismo. Qué mala idea.”
La última decía:
“Camila, 18. Salgo este año. No sé si debo ir a casa. No quiero que me vea y sienta vergüenza de mí.”
Lloré durante horas.
El hombre que mi familia presentó como una vergüenza había pasado veinte años preguntándose si yo me avergonzaría de él.
Cuando murió, su funeral estuvo lleno.
Sobre el ataúd puse un dulce de tamarindo y nuestra vieja fotografía.
Durante mucho tiempo creí que aquella caja de hierro escondía el