mi abuelo, durmiendo sobre periódicos. Un chatarrero llamado don Ernesto le había regalado una cobija y dos bolillos.
Esa tarde escuché a mi padre Ricardo hablando con Tomás.
—Necesitamos que Miguel firme antes de que cierre la operación —dijo Tomás—. Si descubre cuánto vale ahora el terreno, tendremos problemas.
—El dinero no es lo peor —respondió mi padre.
—¿Entonces?
—Que todavía conserve lo de hace veinte años.
Esa noche regresé a buscar a Miguel.
La habitación estaba vacía.
Había sangre en el suelo.
Don Ernesto me dijo que una ambulancia