años comiendo comida de prisión. Mis estándares eran bajos.
Nos reímos los dos.
Y quizá ese fue el verdadero final.
No el tribunal.
No el dinero.
No las esposas cambiando de muñecas.
Sino un hombre que un día creyó que debía golpear la frente contra el suelo para agradecer un plato de comida, sentado años después en su propia cocina, quejándose porque su sobrina le servía demasiada carne.
Sin miedo.
Sin pedir permiso.
Sin deberle su existencia a nadie.
Mi familia cerró la puerta cuando Miguel salió de prisión.
Yo