valía menos porque no tenía esposa ni hijos.
Ese fue su error.
El nuestro fue permitir que siguiera creyéndolo.
A veces todavía preparo sopa de fideo con dos huevos y un poco de carne.
Cuando el vapor sube, recuerdo sus manos temblando frente a aquel primer plato.
Y también recuerdo la última vez que cociné para él.
—Le pusiste demasiada carne —protestó.
—Cállate y come.
—Estás gastando de más.
—Tío.
Se rio.
Probó la sopa y dijo:
—Mucho mejor que la primera.
—Mentiroso. ¡Te arrodillaste por la primera!
—Llevaba veinte