se lo había llevado al hospital después de que se desmayó.
Debajo de la cama improvisada seguía la caja.
Recordé la frase de mi padre.
Forcé el candado.
Dentro había decenas de cartas enviadas desde prisión a nuestra casa, todas devueltas sin abrir; una foto mía de niña; la escritura del terreno, donde Miguel seguía apareciendo como dueño de una tercera parte; recortes del asesinato de Samuel Ríos… y una grabadora.
Presioné “play”.
Primero escuché estática.
Después la voz de mi abuela, veinte años más joven:
—Miguel, tienes que hacerlo