confiar en mi propia cabeza.
Lloré allí mismo, frente a Alejandro.
No por Mauricio.
Lloré por mí.
Por todas las noches en las que me había sentado al borde de la cama preguntándome si estaba perdiendo la razón.
Por las veces que revisé un informe cinco veces.
Por el miedo que sentía cada mañana antes de llegar al trabajo.
Alejandro esperó en silencio.
Cuando pude respirar normalmente, levanté la cabeza.
—Quiero divorciarme.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Presentamos la demanda.
También entregamos todas las pruebas relacionadas con la vigilancia y el intento