cubrir obligaciones profesionales del señor.
Mauricio me miró desesperado.
—¿Me vas a dejar hundirme?
Me levanté.
—Tú empezaste a hundirte cuando decidiste que tu esposa valía menos que tus deudas.
Salí sin despedirme.
Afuera respiré profundamente.
No sentí alegría.
Tampoco triunfo.
Sentí silencio.
Un silencio limpio.
Como si después de seis meses alguien hubiera apagado una máquina que funcionaba dentro de mi cabeza.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
Renté un departamento pequeño en la colonia Del Valle. No era tan elegante como nuestra casa, pero cada cosa allí era mía.