Mi mesa.
Mis platos.
Mi cama.
La primera noche revisé debajo del colchón.
La segunda también.
La tercera me desperté a las cuatro de la mañana y encendí la linterna.
Me dio vergüenza.
Por eso busqué ayuda psicológica.
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—No estás perdiendo la razón —me explicó la terapeuta—. Tu cerebro aprendió que tu dormitorio podía ser peligroso. Va a necesitar tiempo para volver a sentirse seguro.
Aquellas palabras fueron más útiles que cualquier orden de “deja de pensar en eso”.
No tenía que demostrar que era invencible.
Solo tenía que